Jean Marc Calvet (Niza, 1965) es el protagonista de una de las ficciones más fascinantes del arte contemporáneo latinoamericano. Una que alude a la conversión a través del arte. Su historia personal, el mito detrás de sus telas, es totalmente prescindible, ortopédico, porque compite en alucinación con esa otra narrativa portentosa que ha rescatado a Calvet de la manada humana -la de los caídos, los que ya agotaron sus hedonistas 15 minutos de gloria, que son muchos-, y es su inquietante obra. Solo un auténtico con artist puede convertirse en extraordinario ilusionista visual en menos de una década. Y esto no quiere decir que la obra del artista francés radicado en Granada, Nicaragua, no sea auténtica y desgarradora. Lo es, pero en el teatro humano no existe otra verdad ni otra realidad que la de la percepción.
Invasion invasión L’Invasion, muestra retrospectiva que se exhibe en la galería The Freedom Tower, del Miami Dade College Art Gallery System, es un recorrido por el borde de un precipicio que recuerda un pensamiento nietzschiano: “Cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti”.
Las piezas tempranas Impossible Love (2004), No Comment (2004) y Ma Fille (2005), tienen la poética del bad painting, íconos simples de tosca figuración, como un quijote a la carga contra un molino enImpossible Love; o las crucifixiones en No Comment y Ma Fille (Mi hija). En esta última la imagen gana complejidad, la hija aparece rodeada de esferas con sus propias subtramas, una mano engrilletada a una bomba de tiempo a punto de estallar, Judas tragándose el mundo, un hombre que habita en su vientre, penes, ojos, dinero. El horror vacui lo impulsa de una etapa neoexpresionista a lo Basquiat, a otra más cercana a la figuración libre de Robert Combas, en la que arma un seductor entramado de cuerpos, fragmentos, escritura. Es en esta estética que encuentra y domina la visualidad que ha distinguido su obra.
Quizás porque descubrió su vocación en una etapa de madurez, con la obsesión del junkie ahoraworkaholic según su biografía, transfiriendo roles para alcanzar en la pintura placer inmediato y un rushde adrenalina, la obra de Calvet ha evolucionado aceleradamente, despojando influencias o pulverizándolas en su propia figuración. Por eso, ya en la propuesta del 2007, el artista se ha separado de aquella obra más naïf, liberando colores y creando un gran códice urbano, grafitero, carcelario, en el que la palabra y simbologías de trazos simples giran en un vórtice, acoplándose por fuerza centrípeta en una sola figura fragmentada. No hay apenas espacios sólidos, con excepción de una boca, un gran abismo, en el que flota un espermatozoide primordial, como en The First Day (2007) -que puede remitir a la concentración de la galaxia vital: ese día del que parte el viaje humano-; una boca que no es boca -aunque recuerde las grotescas máscaras precolombinas o los rostros tatuados hasta la obscenidad de los guerreros suburbanos de las “maras” centroamericanas- sino espacio dejado, como al azar, por los símbolos aglomerados; y que puede también ocupar una silla de El testigo (The Witness, 2012). Espermatozoide y testigo serán el alfa y la omega de la supervivencia, símbolos del corrosivo humanismo calvetiano.
Frente a la obra de este transterrado -demasiado nica para ser francés, demasiado urbano, de sociedad postindustrial, como quedar anclado en cualquier canon- uno sospecha. No se trata de un aduanero Rousseau, no hay naïvete en su discurso ni en su facturación, al menos en su obra reciente. Su dominio del color y la composición, su manipulación de la psicología gestáltica, su conciencia de que para sobrevivir el hombre debe percibir formas y bordes -los que Calvet escamotea constantemente al espectador, creando ilusiones y trampas visuales-, sería difícil de explicar desde un primitivismo ingenuo. Si llegó a ellos por azar habría que aceptar su genialidad, si iluminado por el horror hay que reconocer que es un talentoso sobreviviente. Ya lo decía San Juan, a veces atravesar una noche oscura es la vía para la iluminación.
¿A qué alude la Invasión (2011)? Quizás no sea necesario precisarlo. Un abismo que penetra a otro abismo siempre deja margen para la posesión, se mueve en un plano táctico de transgresión de límites, rompe fronteras mentales. La obra que titula esta exhibición, una instalación de soldados plásticos con uniformes de raro camuflaje -con el que solo sería posible ocultarse en el abigarrado mundo de Calvet-, podría resolverse al enfrentarse con otra excelente pieza: Military Fantasy (2010). En ella una femme fatale, también un cuerpo fragmentado, aparece rodeada de penes, en esa gama que remite a los soldados en semicircular abanico de su instalación. Pero esa es solo una lectura -reduccionista y posible- de una obra en clave que hay que disfrutar sin prejuicios. Por eso quizás uno agradece al final la ausencia de un guión curatorial ordenando las lecturas de un mundo caótico que ya tiene su propio orden. La utopía calvetiana cae del lado de la distopía, de los infiernos terrestres. Esos en los que nos sentimos observados y el universo es una suma de fracturas, de esquirlas que se recogen en su imán. Él, que ha tocado fondo y despegado alas, sabe mejor que nadie que la distopía solo deja lugar para un titiritero, un gran ilusionista, ese papel que Jean Marc Calvet sabe representar bien.•
Joaquín Badajoz es escritor, curador y crítico de arte. Escribe de arte para diferentes publicaciones y galerías.
‘Invasion invasión L’Invasion’ de Jean Marc Calvet, hasta el 28 de abril, Torre de la Libertad, 600 Biscayne Blvd. (305) 237-7700.




















